La donación: una historia familiar

Melissa Santis conoció a DKMS porque su hermana se inscribió primero. Antes de donar sus células madre sanguíneas a un niño, ella ya tenía una noción de lo que significa entregar y recibir vida: su padre es enfermo renal crónico. “Tengo muy de cerca lo que es esperar un donante o estar en trámites de él. Creo que es bonito regalarle algo a la gente, un poco de vida”, afirma.

Por Tomás Basaure E.

En algún momento la donación se volvió parte de su vida. A sus 23 años Melissa Santis donó células madre a través de la extracción de médula ósea, pero antes de entregarlas ya conocía lo que es necesitar de otra persona. “Mi papá es enfermo renal crónico. Estamos viendo lo del trasplante, mi mamá quizás le dé su riñón”, cuenta y agrega: “Tengo muy de cerca lo que es esperar un donante o estar en trámites de él. Creo que es bonito regalarle algo a la gente, un poco de vida”.

Su hermana menor se inscribió primero, le llegó el kit a la casa y le contó a Melissa. Ese mismo día ella se inscribió y a las tres semanas le llegaron los cotonitos en un sobre de DKMS para mandar las muestras. “Siento que es bonito ayudar al resto sin nada a cambio. Me pongo sus zapatos, creo que eso me pasó mucho, dije ‘quizás me pueda pasar un día a mí, por qué no ayudar ahora’”, recuerda. En julio del año pasado, mientras almorzaba en la universidad, recibió una llamada en la que le contaron cómo era el proceso.

Melissa Santis ansiaba que el tiempo pasara rápido para saber si ella sería la donante escogida. “Cuando me llamaron no me lo esperaba, casi porque se me había olvidado, lo tenía pendiente y me llamaron”, agrega. La estudiante de ingeniería civil industrial, asegura que “no entraba en felicidad, la verdad, de poder ayudar a alguien, de haber quedado como su gemelo”. En la noche esperó que llegaran sus papás para contarle a toda la familia. “Se sorprendieron, pero igual estaban felices. Había miedo por la operación, pero felices también”, recuerda.

Era un temor compartido por la operación. A Melissa no le gustan los hospitales ni las clínicas. “De hecho, cuando pasaba a ver a mi papá al hospital pasaba corriendo directo a su habitación”, explica. Nunca había estado hospitalizada o se había operado, pero se sobrepuso al miedo y “dije ‘ya, vamos con todo’, si ya cualquier persona se opera, va a ser un poco de dolor y ya”. Su principal preocupación era que fallara la anestesia “porque ese era el único riesgo que tiene la operación, pero toda operación lo tiene”.

“El ambiente es grato, te hacen sentir cómodo y todo súper bien”, dice Melissa sobre el proceso. Rememora: “Simplemente me subieron a la camilla, llegué a pabellón, la anestesista me empezó a hablar, la doctora de nuevo me habló, me dio las gracias, me anestesiaron y desperté en recuperación”. Cuando abrió los ojos estaba un poco adolorida, pero “el dolor pasa a segundo plano cuando uno puede ayudar a otra persona. Así que toda la experiencia nunca se me va a olvidar, lo podría hacer una y mil veces más”.

Melissa donó sus células madre sanguíneas a un niño de 6 años de Latinoamérica. “La verdad pensaba en que solo le sirviera, jamás me cuestioné si era niño, niña, hombre, mujer, si era adulto, jamás”, asegura. Sin embargo, la donación adquirió otro matiz. “Me llega un poquito porque tengo un sobrino pequeño y si le pasara eso a él, igual es triste. Pero poder darle la oportunidad a un niño, mejor. Tiene muchos años para vivir, le queda mucho por recorrer, así que feliz”, finaliza. Si quieres compartir un poco de vida, te invitamos a registrarte como potencial donante en DKMS.