La inquietud de donar

Nicole Soto siempre quiso entregar una parte de sí misma y dice que DKMS le dio la posibilidad de hacerlo en vida. Fue la única entre sus amigos del trabajo que se registró y conversó con sus padres para aclararles las dudas. Para ella, es importante que todos puedan repetir su experiencia. “Deberíamos nacer con esa necesidad o inquietud de poder ayudar a la gente”, cuenta.

Por Tomás Basaure E.

En su horario de almuerzo y junto a un grupo de amigos, Nicole Soto se acercó al stand de DKMS que había en Derco. Sólo ella se registró y de entre las 106 personas que lo hicieron en las dos jornadas, fue la única a la que contactaron meses después. Aunque ahí, en la sucursal, Nicole se sintió un poco decepcionada porque le explicaron que cabía la posibilidad de que nunca la llamaran. “Creo que, si tú estás accediendo a inscribirte, tú siempre esperas, al final, ser útil y que lo que estás haciendo sirva de algo”, dice.

Nicole estaba en cama y con licencia cuando recibió un llamado de Felipe, uno de los coordinadores médicos de la fundación. Ya no existían posibilidades de que no la contactaran. “En ese momento me levanté y le fui a contar a mi mamá. Estaba muy emocionada”, recuerda. Frente a sus padres, se ha dedicado a remarcar una cosa: “Siempre les he dicho que yo soy donante” y, aunque en un principio estaban un poco en desacuerdo porque no conocían de qué se trataba la fundación o el procedimiento, ambos respaldaron su decisión. “Al final, la fundación me dio la oportunidad de ser donante en vida y era algo mucho más emocionante, porque por qué tengo que esperar que pase algo para poder donar”, explica.

La espera fue larga. La donación cambió dos o tres veces de fecha e, incluso, de método: se realizó por aféresis en lugar de médula ósea. Le hicieron exámenes de sangre, de orina, un electrocardiograma, radiografías. “La fundación siempre se preocupó bien de cada detalle, de que todo funcionara correctamente, de que yo me sintiera cómoda y no tuviera ningún problema”. Durante un tiempo Nicole tuvo resistencia a la insulina, pero siempre se cuidó. Ese era su mayor miedo: “Que quizá por tus propios cuidados no pudieras ayudar a alguien. Que me encontraran algo y yo dijera la embarré”.

Nicole estuvo conectada seis horas a una máquina de aféresis el día de la donación. “Me dio como un bajón, pero lo atribuyo a que miré todo el rato todo lo que me estaban haciendo”, dice. Aun así, “no es incómodo, tampoco se hace tan aburrido, agobiante o cansador. Se me hizo súper corto”. Un proceso en el que reunieron más células de las que necesitaban para un destinatario al que Nicole no conocía y que tampoco se preguntaba quién pudiese ser. “De verdad que no me importaba mucho. Con tal de que esa persona se mejore y que el objetivo se cumpla, yo me daba por pagada”, reconoce.

Ahora Nicole tiene una hermanita en algún lugar de Latinoamérica, como ella le dice. Sus células traspasaron las fronteras para llegar a una niña entre los tres y seis años. “Tiene toda una vida por delante. Solamente espero haber sido un aporte”, establece y agrega: “Siento que hubo un antes y un después en mi vida. El año pasado fue de verdad muy difícil y esta situación para mí fue una luz, de esperanza, de alegría”.

“Generalmente somos súper egoístas y a mí me encantaría que esto fuera obligatorio. Que al momento de nacer todo fuéramos donantes”, agrega Nicole. Pero aclara que no se refiere a la misma obligatoriedad del voto, sino “que nosotros al nacer o al crecer tengamos eso en la conciencia y en el corazón, de que en verdad puedes ayudar mucho”. Ella resume: “Deberíamos nacer con esa necesidad o inquietud de poder ayudar a la gente”. Si compartes ese sentimiento, te invitamos a registrarte como potencial donante.