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El trasplante de médula: Una nueva oportunidad de vivir

En la primera #ColumnadelDocBarriga, el oncólogo del Hospital Clínico UC repasa el miedo de los padres y su acompañamiento cuando escuchan que volvió la leucemia. El camino, plantea, es “iniciar una nueva quimioterapia, buscar un donante compatible y hacerle un trasplante de médula”.

Última actualización: 03/09/2021

Por Francisco Barriga

—Les tengo malas noticias. La leucemia de su hijo está de vuelta.

Cada vez que me toca decir esa frase, siento que golpeé a esos padres con un mazo y, la espada que tenían colgando todo el tiempo desde que el niño fue diagnosticado, amenaza ahora con caer y quitarles lo más preciado que tienen. Después de un rato en silencio, porque prefiero no decir nada y dejarlos recibir el impacto, comienzan las preguntas.

—Doctor, ¿por qué pasó esto? Si iba todo tan bien. Mateo ha aguantado sus quimios sin problemas, la enfermedad desapareció después de un mes, ustedes nos dijeron que se iba a curar. ¿Qué pasó?

A pesar de todo nuestro conocimiento, no sabemos por qué unos niños se curan y otros no, teniendo la misma enfermedad y habiendo respondido de la misma manera al tratamiento. Solo les puedo decir que, de alguna manera desconocida, las células leucémicas de Mateo se hicieron resistentes a la quimioterapia y lentamente comenzaron a reproducirse hasta aparecer en su sangre. La paradoja es que esto fue un hallazgo de los exámenes que les hacemos periódicamente cuando completan su tratamiento de dos años. En un niño que a todas luces está completamente sano, es casi imposible imaginar que su futuro sea tan ominoso y en tan corto tiempo.

Después de otro rato, en una especie de duelo acelerado, viene la pregunta:

—¿Y ahora qué?

—Tenemos que comenzar todo de nuevo, pero esta vez es aún peor. La leucemia que tenemos ahora es rebelde a las quimios que recibió antes.

La frase “empezar de nuevo” es otro ramalazo de angustia. Después de dos años de hospital, pinchazos, náuseas y malestar, con esperanza pensaban que ya había quedado todo atrás. Volver a empezar era, nuevamente, entrar a la escabrosa rutina de tratamiento del cáncer. Pero ahora con menos posibilidades de ganar. Nuevo silencio lleno de pesadillas y penas.

—Entonces, ¿qué hay que hacer?

Como un mantra recitado ya muchas veces, les digo de la manera más resumida: Tenemos que iniciar una nueva quimioterapia para controlar la enfermedad, buscar un donante compatible y hacerle un trasplante de médula.

“Trasplante de médula”. Cuando comencé a trabajar en Chile hace más de 30 años esa frase era completamente desconocida. Nadie sabía qué era la médula ósea, ni cómo se podía trasplantar. Quien escuchaba el término, se imaginaba una cruenta cirugía que por alguna razón involucraba la columna vertebral. Solo escuchar la palabra daba pavor.

Sin embargo, ahora es un término mucho más difundido y para las familias que comienzan el calvario del tratamiento de la leucemia de uno de sus hijos, es algo que ven a diario en el policlínico donde reciben su tratamiento y ven a otros niños que tuvieron el trasplante. Aun así, siempre es necesario explicarlo, desde cero, para que comiencen a conocer los detalles de lo que será uno de los momentos más importantes de la vida de Mateo y de ellos.

El trasplante es un procedimiento médico que hacemos para curar a un paciente con leucemia. El concepto consiste en aplicar al enfermo una dosis muy alta de radioterapia y quimioterapia a todo su cuerpo, con el objetivo de eliminar la leucemia. Lamentablemente, la radioterapia atacará su médula ósea sana y su sistema inmune, sin los cuales no puede vivir. Por eso necesitamos darle una transfusión de células madre sanguíneas de un donante compatible, a partir de las que regenerará su sangre y sus defensas. Sangre nueva con la que vivirá toda la vida.

Entre toda la explicación y la pena, hay una noticia favorable: para Mateo no es una cirugía. Es solo una transfusión. Esto se ve fácil, pero es un proceso tremendamente complejo. Cuando las células entren a su cuerpo, circularán hasta encontrar los nichos en la médula de todos los huesos, donde pueden alimentarse y proliferar. La recuperación no es inmediata: si bien las células se injertan con relativa rapidez, hay que esperar semanas y meses para volver a tener la sangre y el sistema inmune que todos necesitamos para vivir. Hasta que eso pase, pueden ocurrir muchas complicaciones, la mayoría relacionadas al riesgo de infecciones.

—Es un camino largo y difícil pero no tenemos otra opción. Esta es su oportunidad de vivir —les suelo decir—.

—Doctor, lo único que quiero es que mi hijo no sufra.

En ese momento, no puedo sino tomarle la mano, mirarles a los ojos y decirles:

—Haremos todo lo posible—. Nadie los puede preparar para lo que viene.

La pregunta inmediata: ¿Dónde encontramos un donante? ¿Podemos ser nosotros? Esa es otra historia.

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